El necesario recambio de nuestras dirigencias

El necesario recambio de nuestras dirigencias
Carla Alegría Vásquez (cientista político)

"El verdadero dirigente no necesita una bandera partidaria para justificar su compromiso. Necesita principios. No acepta coimas, no negocia sus convicciones y procura llevar una vida coherente con aquello que representa. Porque cuando una persona asume la responsabilidad de hablar en nombre de otros, adquiere también una obligación ética. Sin embargo, nuestras comunidades enfrentan hoy otro problema: dirigentes agotados. He conocido dirigentes que llevan años sosteniendo organizaciones prácticamente solos. Personas que acumulan cargos, reuniones, responsabilidades y problemas, muchas veces sin planificación y sin equipos que permitan distribuir las tareas. Dirigentes que no saben decir que no y que, por querer responder a todo, terminan sin poder responder bien a nada. También existen dirigentes silenciosos. Personas que trabajan mucho, pero que no comunican. Que conocen los problemas de su comunidad, pero no siempre saben hacia dónde avanzar. Y quizá el desafío más profundo sea reconocer que no basta con tener voluntad de dirigir: también es necesario aprender a hacerlo. Porque liderar requiere herramientas. Requiere capacidad de escuchar, organizar, planificar, comunicar, construir acuerdos y formar a otros. Pero también requiere algo que pocas veces enseñamos: saber cuándo dar un paso al costado. El liderazgo es una fuente de energía, pero también puede convertirse en una enorme fuente de desgaste. Por eso hablar de recambio no significa despreciar la experiencia de quienes llevan años trabajando por sus comunidades. Todo lo contrario. Significa comprender que una dirigencia sana no debería depender eternamente de las mismas personas", indica la cientista político, Carla Alegría Vásquez


Por Carla Alegría Vásquez (cientista político)

           Hay conversaciones que como sociedad necesitamos comenzar a tener con mayor honestidad. Una de ellas es la del recambio en nuestras dirigencias sociales.

Porque no todos los dirigentes son iguales. Los hay buenos y malos, comprometidos y ausentes, generosos y también quienes terminan confundiendo el servicio con el poder.

Pero hay algo que mi madre me enseñó desde muy pequeña y que, después de más de dos décadas vinculada a la dirigencia, sigo creyendo profundamente: un dirigente no tiene color político; tiene un corazón de servicio.

El verdadero dirigente no necesita una bandera partidaria para justificar su compromiso. Necesita principios. No acepta coimas, no negocia sus convicciones y procura llevar una vida coherente con aquello que representa. Porque cuando una persona asume la responsabilidad de hablar en nombre de otros, adquiere también una obligación ética.

Sin embargo, nuestras comunidades enfrentan hoy otro problema: dirigentes agotados.

He conocido dirigentes que llevan años sosteniendo organizaciones prácticamente solos. Personas que acumulan cargos, reuniones, responsabilidades y problemas, muchas veces sin planificación y sin equipos que permitan distribuir las tareas. Dirigentes que no saben decir que no y que, por querer responder a todo, terminan sin poder responder bien a nada.

También existen dirigentes silenciosos. Personas que trabajan mucho, pero que no comunican. Que conocen los problemas de su comunidad, pero no siempre saben hacia dónde avanzar. Y quizá el desafío más profundo sea reconocer que no basta con tener voluntad de dirigir: también es necesario aprender a hacerlo.

Porque liderar requiere herramientas. Requiere capacidad de escuchar, organizar, planificar, comunicar, construir acuerdos y formar a otros. Pero también requiere algo que pocas veces enseñamos: saber cuándo dar un paso al costado.

El liderazgo es una fuente de energía, pero también puede convertirse en una enorme fuente de desgaste.

Por eso hablar de recambio no significa despreciar la experiencia de quienes llevan años trabajando por sus comunidades. Todo lo contrario. Significa comprender que una dirigencia sana no debería depender eternamente de las mismas personas.

La experiencia debe convertirse en escuela. Y quienes llegan deben encontrar espacios para aprender, equivocarse, proponer y construir sus propias formas de liderazgo.

A mis 37 años, y después de haber comenzado mi camino como dirigente a los 14, recientemente me sorprendí mirando a una nueva generación de dirigentes. Jóvenes con sueños, con preguntas, con ganas de vivir en comunidades mejores y con la ilusión —esa hermosa ilusión— de que participar puede transformar las cosas.

Es difícil no reconocerse en esos ojos. Y es todavía más difícil no querer ayudar.

Porque, al final, ninguna dirigencia se construye completamente sola. Todos somos, en alguna medida, el resultado de personas que nos tendieron una mano, que nos enseñaron, que nos dieron una palabra de aliento cuando quisimos abandonar, que confiaron en nosotros incluso cuando nosotros mismos dudábamos.

Por eso el recambio no debería ser una guerra entre generaciones. No se trata de sacar a unos para poner a otros.

Se trata de formar a quienes vienen, acompañarlos y entregarles la responsabilidad cuando estén preparados para asumirla.

Las comunidades necesitan dirigentes, pero no dirigentes eternos. Necesitan personas capaces de comprender que representar a otros no es un privilegio, sino una responsabilidad. Que un cargo no es una propiedad. Que liderar no significa tener siempre la razón. Y que retirarse a tiempo también puede ser una forma de servicio.

Quizás necesitamos menos dirigentes preocupados por conservar sus espacios y más personas dispuestas a formar nuevos liderazgos.

- Menos personalismos y más equipos.

- Menos cargos acumulados y más responsabilidades compartidas.

- Menos competencia por quién aparece y más preocupación por quién queda preparado para continuar.

Porque cuando un dirigente realmente ama a su comunidad, su mayor éxito no debería ser que lo necesiten para siempre. Debería ser que, cuando llegue el momento de partir, haya alguien preparado para continuar el camino. Y ese alguien tenga la información y formación para continuar y mejor. Ese, quizás, sea el verdadero legado de una dirigencia.

Feliz 7 de agosto 2026.

(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).