La columna de opinión de Carla Alegría Vásquez: Tradwife, qué es y por qué avanza
"Un estudio reciente analizó 61 cuentas de TikTok asociadas a tradwife y tradlife. Encontró mujeres y discursos diversos, pero un elemento común: el antifeminismo. Otro estudio advierte que algunas creadoras incluso utilizan argumentos bíblicos para defender la sumisión al marido. Y ahí el tema me toca como cristiana. Porque una cosa es elegir quedarse en casa y otra muy distinta es enseñar que una buena esposa debe obedecer. Una cosa es servir por amor y otra, someterse. El cristianismo que profeso habla de entrega, pero también de dignidad y reciprocidad. Ahora, hay algo que las tradwives están interpretando muy bien: estamos agotados. Todo es para ayer. Trabajamos, criamos, contestamos WhatsApp mientras almorzamos y llegamos a casa pensando en lo que quedó pendiente. Frente a eso, una vida con tiempo para cocinar, criar, conversar y cuidar resulta tremendamente atractiva. El problema es que Instagram vende muy bien la nostalgia, pero la historia viene sin filtro. Películas como Talentos ocultos o Vidas cruzadas nos recuerdan que durante décadas muchas desigualdades fueron consideradas normales. Y la violencia dentro de la pareja tampoco pertenece únicamente al pasado", indica la cientista político
Por Carla Alegría Vásquez (cientista político)
Vestidos impecables, pan horneado en casa, niños felices y un marido proveedor. En TikTok e Instagram crece el fenómeno tradwife —traditional wife—, mujeres que reivindican los roles tradicionales: él provee; ella cuida la casa y los hijos.
¿Retroceso? Puede ser. Pero quedarnos solo con esa respuesta sería demasiado fácil.
Un estudio reciente analizó 61 cuentas de TikTok asociadas a tradwife y tradlife. Encontró mujeres y discursos diversos, pero un elemento común: el antifeminismo. Otro estudio advierte que algunas creadoras incluso utilizan argumentos bíblicos para defender la sumisión al marido.
Y ahí el tema me toca como cristiana. Porque una cosa es elegir quedarse en casa y otra muy distinta es enseñar que una buena esposa debe obedecer. Una cosa es servir por amor y otra, someterse. El cristianismo que profeso habla de entrega, pero también de dignidad y reciprocidad.
Ahora, hay algo que las tradwives están interpretando muy bien: estamos agotados. Todo es para ayer. Trabajamos, criamos, contestamos WhatsApp mientras almorzamos y llegamos a casa pensando en lo que quedó pendiente. Frente a eso, una vida con tiempo para cocinar, criar, conversar y cuidar resulta tremendamente atractiva.
El problema es que Instagram vende muy bien la nostalgia, pero la historia viene sin filtro. Películas como Talentos ocultos o Vidas cruzadas nos recuerdan que durante décadas muchas desigualdades fueron consideradas normales. Y la violencia dentro de la pareja tampoco pertenece únicamente al pasado.
Esta semana Gonzalo Feito fue formalizado por maltrato habitual. El procedimiento quedó suspendido condicionalmente por un año, pero eso no significa que “no pasó nada” o que jurídicamente todo haya terminado: tiene prohibición de acercarse y comunicarse con su expareja, deberá asistir a un programa de reeducación en violencia, someterse a una evaluación por eventual consumo problemático de alcohol y drogas y realizarse test de drogas cada cuatro meses. Sin embargo, a la salida habló de que habían llegado a un “acuerdo”. Y ahí nuevamente importa cómo contamos las cosas: una suspensión condicional del procedimiento no equivale simplemente a que dos personas se hayan puesto de acuerdo y asunto terminado.
Las palabras importan, especialmente cuando provienen de quienes tienen un micrófono. Porque denunciar ya cuesta. Reconocer violencia psicológica o económica cuesta todavía más. Y si al mismo tiempo las redes comienzan a vender la dependencia como una virtud femenina, deberíamos al menos preguntarnos qué estamos romantizando.
No tengo ningún problema con una mujer que decide dedicarse a su casa y sus hijos. El problema comienza cuando una elección se convierte en mandato.
Quizás las tradwives tienen razón en algo: necesitamos recuperar la familia, el cuidado, la conversación y una vida menos acelerada. Pero podemos recuperar todo eso sin recuperar la subordinación.
Como cristiana, quiero familias fuertes. Pero una familia fuerte no puede necesitar que uno de sus integrantes se haga pequeño para que otro sea grande. Una familia también es un trabajo en equipo: ceder, conversar, equivocarse, volver a conversar y construir una historia en conjunto.
No es idealismo. Es difícil. Precisamente por eso necesitamos hablar de estos movimientos y preguntarnos qué hay detrás de aquello que se vuelve tendencia. Porque las ideas también avanzan cuando dejamos de discutirlas y simplemente nos lleva la ola.
Y no toda ola, por atractiva que parezca en Instagram, nos lleva a un buen lugar.
(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).