La columna de opinión de Lenin Fuentes Barros: Democracia Siempre
"Durante el encuentro de Santiago, Javier Milei reivindicó una lectura profundamente dolorosa de la historia chilena y llamó a fortalecer una alianza internacional de las derechas para librar una denominada "batalla cultural". Más grave aún, su discurso estuvo acompañado de una reivindicación explicita de la dictadura, obviando los crímenes y crueldad brutal nunca vista en la historia chilena con su secuela de violaciones a los derechos fundamentales de los adversarios políticos. Nuestra historia no es una abstracción. Sabemos lo que ocurre cuando el pluralismo es reemplazado por la persecución; cuando la discrepancia política se transforma en enemistad; cuando los derechos fundamentales quedan subordinados a la razón de Estado; cuando las instituciones dejan de controlar al poder y comienzan a servirlo. Por eso resulta especialmente preocupante que desde determinados sectores de la derecha se intente presentar esta nueva articulación internacional simplemente como una defensa de la libertad. Porque la libertad sin instituciones, sin separación de poderes, sin respeto a las minorías, sin derechos humanos y sin límites al poder político puede convertirse rápidamente en otra cosa", indica la autoridad
Por Lenin Fuentes Barros (trabajador social y concejal por la Municipalidad de Linares)
No podemos mirar con indiferencia lo que ocurrió en torno al llamado Foro Madrid. Esto no puede ser considerado como un incidente más y que ya pasó. No se trata simplemente de un encuentro político más, ni de una reunión internacional de dirigentes que comparten determinadas ideas. Lo ocurrido en Santiago constituye una señal política que obliga a todos quienes creemos en la convivencia democrática a preguntarnos qué proyecto de sociedad se está intentando construir y, especialmente, cuál debe ser la respuesta de quienes hoy somos oposición al actual gobierno y promotor de este encuentro.
El Foro Madrid se presenta a sí mismo como una alianza destinada a defender la libertad, la democracia y el Estado de Derecho frente al avance de la izquierda. Sin embargo, su composición y los discursos expresados en Santiago revelan una agenda política mucho más intensa. Es evidente una articulación internacional de las nuevas derechas y de sectores de la ultraderecha que pretende disputar el poder cultural y político en Iberoamérica. La propia organización señala que busca consolidar una alianza internacional de dirigentes, partidos y organizaciones frente a lo que denomina "extrema izquierda".
Durante el encuentro de Santiago, Javier Milei reivindicó una lectura profundamente dolorosa de la historia chilena y llamó a fortalecer una alianza internacional de las derechas para librar una denominada "batalla cultural". Más grave aún, su discurso estuvo acompañado de una reivindicación explicita de la dictadura, obviando los crímenes y crueldad brutal nunca vista en la historia chilena con su secuela de violaciones a los derechos fundamentales de los adversarios políticos.
Nuestra historia no es una abstracción. Sabemos lo que ocurre cuando el pluralismo es reemplazado por la persecución; cuando la discrepancia política se transforma en enemistad; cuando los derechos fundamentales quedan subordinados a la razón de Estado; cuando las instituciones dejan de controlar al poder y comienzan a servirlo.
Por eso resulta especialmente preocupante que desde determinados sectores de la derecha se intente presentar esta nueva articulación internacional simplemente como una defensa de la libertad. Porque la libertad sin instituciones, sin separación de poderes, sin respeto a las minorías, sin derechos humanos y sin límites al poder político puede convertirse rápidamente en otra cosa.
Una democracia no deja de ser democracia solamente cuando se suspenden las elecciones. También puede comenzar a vaciarse desde dentro y resulta ser un cascaron sin contenido.
El autoritarismo contemporáneo no necesariamente llega acompañado de tanques en las calles. Puede avanzar mediante la concentración del poder, la deslegitimación sistemática del Parlamento, el debilitamiento de los controles institucionales, la estigmatización del adversario, la relativización de los derechos humanos y la construcción de un enemigo interno al que se responsabiliza de todos los problemas de la sociedad.
Por eso debemos observar con atención el discurso de la llamada "batalla cultural". Una cosa es disputar democráticamente las ideas y otra muy distinta es construir una lógica política donde quien piensa diferente deja de ser un adversario legítimo para convertirse en un enemigo que debe ser derrotado, excluido o eliminado de la vida pública.
El problema no es que exista una derecha conservadora, liberal o incluso radical. El problema aparece cuando una corriente política comienza a considerar que la democracia es válida mientras le permite acceder al poder, pero prescindible cuando las instituciones democráticas limitan su proyecto.
Y allí está el desafío para quienes formamos o nos sentimos parte de la oposición chilena. Todos quienes nos reconocemos en la tradición democrática chilena tenemos la responsabilidad histórica de establecer un mínimo común: defensa irrestricta del Estado de Derecho, separación de poderes, libertad de prensa, derechos humanos, autonomía de las instituciones, pluralismo político.
Desde la Democracia Cristiana al Partido Comunista, incluidos todos los movimientos sociales que se sientan convocados, tenemos la responsabilidad de construir una oposición basada en la profundización de la democracia, la justicia social (derechos sociales) y el respeto a las garantías personales. Ese es el desafío del momento ante la arremetida neofascista mundial y de la cual nuestro presidente es un fanático promotor.
Incluso los sectores democráticos de la derecha deberían sentirse interpelados.
Porque si la derecha tradicional termina aceptando sin cuestionamientos que su identidad política sea definida por estas corrientes extremas, el problema no será solamente de la izquierda. Será un problema para la democracia chilena en su conjunto.
Chile necesita una democracia que permita a los adversarios políticos enfrentarse con dureza en las ideas, pero que sean capaces de reconocerse mutuamente como parte de una misma República.
Hoy la oposición debe actuar con claridad. Debe fiscalizar al Gobierno. Debe denunciar cualquier intento de concentración indebida del poder. Debe defender las instituciones. Debe exigir respeto irrestricto a los derechos humanos. Debe rechazar cualquier relativización de los crímenes de la dictadura. Y, al mismo tiempo, debe ofrecer una alternativa política capaz de enfrentar las legítimas demandas ciudadanas de seguridad, crecimiento, empleo, salud, educación y mejor calidad de vida.
La defensa de la democracia no puede convertirse en nostalgia del pasado ni en un discurso destinado exclusivamente a quienes ya están convencidos. Tiene que transformarse en una propuesta concreta de futuro.
Porque la única herramienta capaz de resolver los problemas de la gente es la democracia, una democracia capaz de dar respuesta a las necesidades de un pueblo cansado y agobiado por las mentiras que se implantan como verdades.
Chile ya conoció el fascismo, el autoritarismo y la destrucción de las libertades. Conoció la censura, la persecución, la tortura, la desaparición forzada y el exilio. No necesitamos volver a experimentar para recordar cuál es el camino que jamás debemos recorrer.
El Foro Madrid puede ser interpretado por sus organizadores como una oportunidad para articular una nueva derecha internacional. Pero para quienes defendemos la democracia debe ser también una llamada de atención.
La democracia es patrimonio de todos, defenderla significa defender el derecho de Chile a seguir siendo una República donde ningún gobierno, ningún partido y ningún líder esté por encima de las instituciones, de la ley y de los derechos humanos.
(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).