La columna de opinión de César Concha Gatica: Una Piedra Que Ya No Tiene Lugar
"Las nuevas generaciones merecen recibir algo mejor que nuestras divisiones. Merecen conocer lo ocurrido, comprender por qué una democracia puede quebrarse y aprender que ninguna diferencia política justifica la persecución, la tortura, la desaparición de personas ni la supresión de las libertades. Recordar, por eso, no significa vivir anclados en el pasado. Precisamente lo contrario. Recordamos para decidir cómo queremos vivir hacia adelante. Hace tres años, una piedra de más de tres toneladas dejó de ocupar permanentemente un terreno fiscal en Linares. Hoy puede recorrer nuestras calles arriba de un camión. Pero hay un lugar que nunca más debemos permitir que ocupe el autoritarismo: nuestras instituciones democráticas. Ese es el verdadero peso de la memoria", indica el abogado linarense
Por César Concha Gatica (abogado y ex SEREMI de Bienes Nacionales de la Región del Maule)
Durante más de treinta años, junto a la Escuela de Artillería de Linares permaneció un enorme monolito en homenaje a Augusto Pinochet. Muchos conocían aquel lugar simplemente como la “Plaza Pinochet”.
Pero había un detalle importante: aquello no era una plaza municipal ni un bien nacional de uso público. El terreno era propiedad fiscal y aquella piedra, de más de tres toneladas, había sido instalada allí por particulares.
Me correspondió conocer directamente esta historia cuando ejercía como Seremi de Bienes Nacionales del Maule.
Cuando establecimos la situación jurídica del terreno y comenzamos a trabajar para que ese monumento dejara de ocupar un inmueble fiscal, apareció una dificultad bastante menos histórica y mucho más concreta: había que mover una piedra de más de tres toneladas.
Y mover tres toneladas cuesta dinero.
Bienes Nacionales no tenía un presupuesto destinado a una operación de esas características. Comenzaron entonces las conversaciones, las coordinaciones y también la necesaria insistencia con el Ejército para resolver una situación que llevaba décadas instalada frente a todos.
Mientras buscábamos cómo materializar el retiro, ocurrió algo inesperado.
Quienes querían conservar el monumento entendieron que su permanencia allí tenía los días contados. Una noche de agosto de 2023 llegaron con la maquinaria necesaria, levantaron la enorme piedra y se la llevaron.
Al final, la piedra que el Estado debía retirar terminó siendo retirada por quienes querían conservarla.
Desde el punto de vista de la gestión pública, el resultado fue bastante eficiente: no hubo que gastar recursos fiscales y el objetivo igualmente se cumplió.
Desde entonces, cada 11 de septiembre aquella piedra vuelve a aparecer. Ya no permanece instalada en un terreno fiscal. Ahora recorre Linares sobre un camión o un remolque.
La imagen puede parecer anecdótica. Para mí no lo es.
Una piedra de tres toneladas puede moverse. Lo que resulta mucho más difícil de mover es aquello que una sociedad decide hacer con su memoria.
Durante demasiado tiempo ese monumento permaneció sobre suelo fiscal como si el paso de los años hubiese transformado en normal aquello que nunca debió serlo: que un espacio perteneciente al Estado sirviera permanentemente para homenajear a quien encabezó una dictadura durante la cual compatriotas fueron perseguidos, torturados, ejecutados y hechos desaparecer.
No se trata de impedir que las personas tengan opiniones distintas sobre nuestra historia. Una democracia debe ser capaz de convivir incluso con ideas que muchos rechazamos profundamente, siempre dentro de los límites que establece la ley.
La discusión es otra.
El Estado democrático no puede ser indiferente frente a los símbolos que instala, cobija o termina legitimando en sus espacios.
Y quizás ahí está la diferencia más importante entre aquella piedra que permaneció durante décadas junto a la Escuela de Artillería y la que hoy algunos trasladan por las calles de Linares.
La piedra sigue existiendo. Quienes quieran conservarla pueden hacerlo. Pueden trasladarla y atribuirle el significado que estimen. Lo que cambió fue algo mucho más importante: el Estado dejó de darle un lugar.
Eso importa.
Porque las democracias también se construyen mediante símbolos.
Este 11 de septiembre, mientras algunos vuelven a pasear aquella piedra por Linares, otros nos reunimos a recordar a quienes sufrieron la persecución política y la violencia del Estado. Son imágenes distintas de una misma ciudad enfrentándose todavía a una historia ocurrida hace más de medio siglo.
Pero no deberíamos quedarnos atrapados en esa confrontación.
Las nuevas generaciones merecen recibir algo mejor que nuestras divisiones. Merecen conocer lo ocurrido, comprender por qué una democracia puede quebrarse y aprender que ninguna diferencia política justifica la persecución, la tortura, la desaparición de personas ni la supresión de las libertades.
Recordar, por eso, no significa vivir anclados en el pasado.
Precisamente lo contrario.
Recordamos para decidir cómo queremos vivir hacia adelante.
Hace tres años, una piedra de más de tres toneladas dejó de ocupar permanentemente un terreno fiscal en Linares.
Hoy puede recorrer nuestras calles arriba de un camión.
Pero hay un lugar que nunca más debemos permitir que ocupe el autoritarismo: nuestras instituciones democráticas.
Ese es el verdadero peso de la memoria.
(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).