Carla Alegría Vásquez: podemos votar

Carla Alegría Vásquez: podemos votar
Carla Alegría Vásquez, cientista política.

"Integrarnos a la vida cívica, deportiva, política, educativa y laboral no ha sido un regalo. Ha sido un proceso lento, lleno de empujones, de puertas cerradas, de insistencias que cansan. Hoy vemos mujeres en concejos municipales, en canchas deportivas, en universidades, en sindicatos, en medios, en ministerios. Y a veces se nos olvida que eso es reciente. Que nuestras abuelas muchas veces no pudieron elegir. Que nuestras bisabuelas ni siquiera podían imaginarlo", expresa la cientista política


Por Carla Alegría Vásquez (cientista política)

        Quería escribir esta columna la semana pasada. La tenía rondando en la cabeza desde el 8 de enero, fecha en que se conmemora la promulgación de la ley que permitió a las mujeres votar en elecciones presidenciales y parlamentarias en Chile. Pero no pude. El tema del hospital de Linares no podía esperar. La noticia ya había salido, había hablado con varias autoridades, con medios, y aun así no lograba el espacio que merecía.

Hay temas que gritan más fuerte que las fechas simbólicas, y ese gritaba.

Pero la fecha quedó ahí, golpeándome suave pero constante: 8 de enero. Mujeres votando. Mujeres siendo reconocidas, al fin, como ciudadanas completas.

Integrarnos a la vida cívica, deportiva, política, educativa y laboral no ha sido un regalo. Ha sido un proceso lento, lleno de empujones, de puertas cerradas, de insistencias que cansan. Hoy vemos mujeres en concejos municipales, en canchas deportivas, en universidades, en sindicatos, en medios, en ministerios. Y a veces se nos olvida que eso es reciente. Que nuestras abuelas muchas veces no pudieron elegir. Que nuestras bisabuelas ni siquiera podían imaginarlo.

Hace poco me tocó acompañar a un equipo de vóley. Las miraba jugar: jóvenes, seguras, ocupando la cancha como si siempre hubiera sido suya. Y mientras las veía, no podía dejar de pensar en cuántas mujeres murieron sin tener estos derechos, y en cuántas lucharon para que hoy estas jóvenes no tengan que pedir permiso para estar ahí.

Ellas juegan porque otras resistieron.

Ellas votan porque otras insistieron.

Ellas eligen porque otras pagaron el costo de intentarlo.

Uno de los roles más importantes y exigentes que existen sigue siendo ser madre. No es liviano ni automático. Criar personas, sostener emocionalmente, acompañar procesos, es una de las tareas más complejas de cualquier sociedad. Pero lo verdaderamente histórico es que hoy la mujer pueda decidir si quiere ser madre, cuándo, cómo… y que también pueda decidir desarrollarse en otras áreas sin que eso la haga menos valiosa.

No imponer un único destino es el verdadero avance.

Claro que no todo es sororidad perfecta. Existen mujeres que no apoyan a otras mujeres, a veces desde rasgos inconscientes de violencia hacia su propio género, aprendidos, heredados, normalizados. Eso también es parte de la historia. No somos un bloque uniforme ni pensamos todas igual.

Pero somos muchas las que sí procuramos evitar la violencia de género, en lo grande y en lo pequeño: en la forma en que hablamos, en cómo educamos, en cómo trabajamos, en cómo acompañamos a otras mujeres en sus decisiones, aunque no sean las mismas que las nuestras.

El riesgo de los derechos conquistados es que se vuelven invisibles. Se dan por sentados.

Y lo que se da por sentado se descuida. La historia muestra que todo es reversible. Lo que costó décadas puede perderse en poco tiempo.

Por eso escribir de esto no es nostalgia. Es responsabilidad.

No para pelearnos entre nosotras, sino para recordarnos de dónde venimos.

No para imponer caminos, sino para mantenerlos abiertos.

Porque hoy podemos votar.

Y eso no es pequeño.

Es historia viva.

(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).

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