Ni facho ni comunacho: el agotamiento de una política que promete más de lo que puede cumplir
"El cambio de gabinete en el Gobierno de José Antonio Kast era esperado. Un Gobierno desgastado necesita mover piezas, renovar rostros e intentar recuperar conducción..Pero también refleja algo más profundo: lo difícil que es sostener un proyecto político cuando la realidad golpea más fuerte que las consignas de campaña. Porque en campaña se promete mucho. Se habla de transformaciones rápidas y soluciones inmediatas. Pero gobernar significa enfrentarse a una maquinaria enorme, lenta y tensionada por presiones políticas, económicas y sociales", afirma la cientista político, Carla Alegría Vásquez
Por Carla Alegría Vásquez (cientista político)
La política tiene algo complejo: todos creen saber cómo gobernar… hasta que les toca hacerlo.Y ahí, el gigante pesa.
El cambio de gabinete en el Gobierno de José Antonio Kast era esperado. Un Gobierno desgastado necesita mover piezas, renovar rostros e intentar recuperar conducción...Perotambién refleja algo más profundo: lo difícil que es sostener un proyecto político cuando la realidad golpea más fuerte que las consignas de campaña.
Porque en campaña se promete mucho. Se habla de transformaciones rápidas y soluciones inmediatas. Pero gobernar significa enfrentarse a una maquinaria enorme, lenta y tensionada por presiones políticas, económicas y sociales.
Y aunque en política es difícil predecir el futuro —porque todo cambia “en caliente”— hoy pareciera existir un cansancio ciudadano evidente. Lo que comienza a valorarse ya no es el discurso épico, sino la capacidad de cumplir, ordenar y mejorar la calidad de vida concreta.
La complejidad aparece cuando prometer con billetera fiscal se vuelve imposible. Entonces emerge el clásico “no hay plata”, usado no solo para explicar límites económicos, sino también para justificar decisiones políticas que poco tienen que ver con mejorar la gestión.
Quizás por eso estamos viendo fenómenos impensados hace algunos años: récords de desaprobación, inseguridad percibida, desconfianza institucional y fragmentación política.
Pero el cambio no solo trajo nuevos rostros sino también la figura de los “biministros”. ¿Es eficiencia, falta de cuadros políticos o una señal de un Estado cada vez más sobreexigido? Son preguntas legítimamente para una ciudadanía que siente que las respuestas llegan tarde o simplemente no llegan. El problema es que cuando los Gobiernos comienzan a gobernar desde el miedo, la política cambia de tono. Ahí aparecen los riesgos: polarización, sobrerreacción y medidas comunicacionales más que soluciones reales.
A veces pareciera una serie como Bodyguard, donde se crean escenarios extremos para justificar decisiones cada vez más radicales. La diferencia es que aquí no hay guionistas: hay personas viviendo las consecuencias.
En un Estado de Derecho, cuando el Ejecutivo y el Legislativo atraviesan desgaste y desconfianza, el desafío recae también sobre instituciones como el Poder Judicial y la Contraloría. No basta con condenas morales: la ciudadanía espera sanciones reales frente al fraude al fisco y la corrupción.
Y si alguien esperaba que este texto tomara partido en la eterna pelea entre “fachos” y “comunachos”, quizás vale la pena mirar el ambiente social actual: la gente parece cada vez más cansada de esa rivalidad permanente.
Porque mientras algunos siguen atrapados en trincheras ideológicas, gran parte del país simplemente quiere vivir mejor.