Los Juegos del Hambre y el Mundial de la FIFA

Los Juegos del Hambre y el Mundial de la FIFA
Carla Alegría Vásquez, cientista político.

"Aquí seguimos recordando a Arturo Vidal y a toda la Generación Dorada como si todavía.estuvieran entrando a la cancha cada fin de semana. Seguimos celebrando sus hazañas. Seguimos soñando con otra clasificación. Seguimos llevando a los niños a entrenar bajo la lluvia o el calor. Seguimos apoyando a los cadetes. Seguimos organizando bingos para financiar viajes. Seguimos viendo a Deportes Linares luchar por sobrevivir temporada tras temporada. Y quizás ahí está la diferencia fundamental entre el Mundial y Los Juegos del Hambre. En el Capitolio todo gira en torno al espectáculo. En las provincias, en cambio, el deporte todavía conserva algo mucho más valioso. La esperanza. Porque mientras la FIFA administra un negocio planetario y los gobiernos exhiben estadios monumentales, en alguna cancha de tierra de nuestra provincia un niño sigue corriendo detrás de una pelota convencido de que algún día llegará a un Mundial. Y probablemente esa ilusión, mucho más que la copa, es lo que mantiene vivo al fútbol", expone la cientista político, Carla Alegría Vásquez, en su columna de opinión dominical en Séptima Página Noticias.


Por Carla Alegría Vásquez (cientista política)

               Mientras escribo esta columna, el Mundial de Fútbol vuelve a paralizar buena parte del planeta. Millones de personas frente a pantallas gigantes, camisetas, himnos, banderas y redes sociales convertidas en estadios virtuales.

Chile, sin embargo, observa desde la tribuna. No hay nerviosismo por la nómina. No hay cábalas. No hay calculadoras para clasificar. Hay algo peor: resignación. Por eso quizás muchos chilenos apenas se enteran de que comenzó un nuevo Mundial. La tristeza deportiva tiene esa extraña capacidad de transformarse en indiferencia.

Mientras tanto, como suele ocurrir en estos eventos, Shakira vuelve a deslumbrar en la inauguración, demostrando que algunas estrellas clasifican siempre.

Y entonces surge la pregunta: ¿Qué estamos viendo realmente?

Porque el Mundial no es solamente fútbol. Es poder. Es dinero. Es geopolítica. Es una maquinaria tan grande que a ratos parece un país propio.

La FIFA, oficialmente la Federación Internacional de Fútbol Asociación, organiza el torneo más visto del planeta. Pero hace mucho tiempo dejó de ser solamente una organización deportiva. Maneja presupuestos multimillonarios, negocia con Gobiernos, influye en legislaciones, moviliza inversiones gigantescas y posee una capacidad de presión que muchos estados pequeños envidiarían.

Algunos países esperan una visita de jefes de Estado. Otros esperan una visita de la FIFA.

Y no siempre está claro cuál de las dos genera más nervios. La AFA, por ejemplo, es la Asociación del Fútbol Argentino, responsable de administrar el fútbol en Argentina y de conducir a la actual campeona del mundo. En términos simples, la AFA es a Argentina lo que la ANFP es a Chile: la casa del fútbol nacional.

Pero mientras las asociaciones nacionales juegan el campeonato, la FIFA administra el tablero. Y vaya tablero. Más de cien partidos, decenas de ciudades, miles de millones de espectadores y una cantidad de recursos difícil de imaginar.

Aquí es donde inevitablemente aparece la imagen de Los Juegos del Hambre. No porque los futbolistas estén luchando por sobrevivir. No porque exista una Katniss Everdeen dribleando defensas y apuntando flechas desde la mitad de la cancha. Ni porque el ganador reciba una ración extra de pan. Aunque, pensándolo bien, algunos Gobiernos parecen comportarse como si estuvieran disputando una gigantesca marraqueta de oro macizo.

La comparación surge porque existe algo profundamente simbólico en ver a naciones enteras compitiendo por una copa mientras buena parte del planeta enfrenta problemas mucho más urgentes.

Hay países que invierten miles de millones en infraestructura deportiva mientras otros luchan por financiar hospitales, viviendas o sistemas educativos dignos.

Y sin embargo, durante un mes, todos miran hacia el mismo lugar. La pelota. No es casualidad. El deporte tiene una capacidad extraordinaria para generar identidad colectiva.

Nelson Mandela lo comprendió mejor que nadie cuando utilizó el rugby para ayudar a reconciliar una Sudáfrica fracturada por el apartheid. También ocurre después de terremotos, inundaciones o tragedias nacionales: por un instante desaparecen las diferencias y emerge algo parecido a una comunidad.

El fútbol tiene ese poder. Puede unir. Puede emocionar. Puede construir recuerdos compartidos. Pero también puede transformarse en una gigantesca cortina de humo.

Por eso existen tantos documentales sobre la FIFA, las federaciones, las sedes mundialistas, los negocios, las redes de influencia y las disputas de poder. Porque donde circula tanto dinero también aparecen el ego, la ambición y las tentaciones.

El balón gira. Y detrás del balón gira mucho más. Sin embargo, mientras las cámaras apuntan a los estadios más modernos del mundo, en Linares la historia es distinta.

Aquí seguimos recordando a Arturo Vidal y a toda la Generación Dorada como si todavía estuvieran entrando a la cancha cada fin de semana.

Seguimos celebrando sus hazañas. Seguimos soñando con otra clasificación. Seguimos llevando a los niños a entrenar bajo la lluvia o el calor. Seguimos apoyando a los cadetes.

Seguimos organizando bingos para financiar viajes. Seguimos viendo a Deportes Linares luchar por sobrevivir temporada tras temporada. Y quizás ahí está la diferencia fundamental entre el Mundial y Los Juegos del Hambre.

En el Capitolio todo gira en torno al espectáculo. En las provincias, en cambio, el deporte todavía conserva algo mucho más valioso. La esperanza.

Porque mientras la FIFA administra un negocio planetario y los Gobiernos exhiben estadios monumentales, en alguna cancha de tierra de nuestra provincia un niño sigue corriendo detrás de una pelota convencido de que algún día llegará a un Mundial.

Y probablemente esa ilusión, mucho más que la copa, es lo que mantiene vivo al fútbol.

(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).