¿Sabemos convivir con quien piensa distinto?

¿Sabemos convivir con quien piensa distinto?
Carla Alegría Vásquez, cientista político.

"Un niño decidió no estrechar la mano del Presidente de la República. Su madre respaldó esa decisión. El Presidente respondió. Ella insistió. Él volvió a responder. Los gritos reemplazaron a las palabras y, en cuestión de minutos, el episodio se convirtió en noticia nacional. Porque, en realidad, la noticia nunca fue un saludo. La noticia fue nuestra forma de reaccionar frente al desacuerdo. No hace tantos años presenciamos otro gesto de rechazo. Marcelo Bielsa evitó estrechar la mano del entonces Presidente Sebastián Piñera en una ceremonia oficial. El episodio dio lugar a interpretaciones y críticas, pero no terminó convirtiéndose en un enfrentamiento público entre ambos. El gesto quedó como una imagen política; no como una disputa. Hoy, en cambio, pareciera que cualquier diferencia necesita convertirse en un conflicto. No basta con discrepar; hay que responder, replicar, viralizar, tomar partido y vencer al otro. Hemos reemplazado la conversación por la reacción. Y ese cambio no comenzó con este gobierno ni con el anterior. Lleva años incubándose", plantea Carla Alegría Vásquez, cientista político


Por Carla Alegría Vásquez (cientista político)

     Un niño decidió no estrechar la mano del Presidente de la República. Su madre respaldó esa decisión. El Presidente respondió. Ella insistió. Él volvió a responder. Los gritos reemplazaron a las palabras y, en cuestión de minutos, el episodio se convirtió en noticia nacional.

Porque, en realidad, la noticia nunca fue un saludo. La noticia fue nuestra forma de reaccionar frente al desacuerdo.

Cada uno tendrá una opinión sobre quién actuó correctamente. Algunos defenderán el derecho del niño a expresar su desacuerdo. Otros sostendrán que toda autoridad merece un saludo por una cuestión de respeto. Habrá quienes justifiquen la reacción del Presidente y quienes la consideren desproporcionada.

Pero quizás esa no sea la pregunta más importante.

La verdadera inquietud es otra: ¿sabemos convivir con quien piensa distinto?

No hace tantos años presenciamos otro gesto de rechazo. Marcelo Bielsa evitó estrechar la mano del entonces Presidente Sebastián Piñera en una ceremonia oficial. El episodio dio lugar a interpretaciones y críticas, pero no terminó convirtiéndose en un enfrentamiento público entre ambos. El gesto quedó como una imagen política; no como una disputa.

Hoy, en cambio, pareciera que cualquier diferencia necesita convertirse en un conflicto. No basta con discrepar; hay que responder, replicar, viralizar, tomar partido y vencer al otro. Hemos reemplazado la conversación por la reacción.

Y ese cambio no comenzó con este gobierno ni con el anterior. Lleva años incubándose.

Hay frases que sobreviven a las generaciones. Cambian los rostros, cambian las ideologías, pero siguen apareciendo con sorprendente facilidad: “todos los políticos son iguales”, “no hay que confiar en ellos”, “que se dejen de discutir y se pongan de acuerdo”, “que venga alguien y ponga orden”. A simple vista parecen expresar cansancio o frustración. Pero también transmiten una idea peligrosa: que la política es el problema y no la herramienta para resolver nuestras diferencias.

La paradoja es evidente. Muchas veces quienes más desprecian “a los políticos” terminan haciendo política. Porque la política no desaparece cuando la negamos; simplemente cambia de protagonistas.

El problema de esas frases no es que expresen descontento. El problema aparece cuando olvidamos que la democracia no consiste en que todos piensen igual, sino precisamente en administrar nuestras diferencias mediante instituciones, diálogo y reglas compartidas. Pedir que no existan desacuerdos es, en el fondo, pedir que deje de existir la política.

Quizás también hemos reducido demasiado el concepto de inteligencia.

Durante años entendimos la inteligencia como la capacidad para resolver ecuaciones, memorizar contenidos o destacar en pruebas estandarizadas. Sin embargo, la vida democrática exige otra inteligencia: la capacidad de escuchar antes de responder, comprender antes de juzgar y disentir sin convertir al otro en un enemigo.

Esa inteligencia parece estar siendo puesta a prueba.

Diversos estudios han observado que, en algunos países, los resultados en ciertas pruebas cognitivas han comenzado a disminuir respecto de generaciones anteriores. Las causas aún son motivo de investigación y no existe evidencia concluyente que permita atribuir este fenómeno únicamente a las tecnologías. Sin embargo, sí existe preocupación por la forma en que la inmediatez está modificando nuestros hábitos de atención, de lectura y de conversación.

Los algoritmos premian la indignación, la respuesta inmediata y el enfrentamiento. La pausa casi no tiene espacio. La reflexión compite en desventaja frente al comentario impulsivo. Nunca había sido tan fácil opinar y, al mismo tiempo, tan difícil escuchar.

Veamos la historia.

Cada civilización ha tenido una forma distinta de perder el conocimiento.

Durante siglos recordamos la Biblioteca de Alejandría como el gran símbolo de la pérdida del saber. Más allá de los debates históricos sobre cómo ocurrió su destrucción, la imagen permanece: cuando una sociedad deja de cuidar el conocimiento, comienza a empobrecerse.

Hoy la amenaza parece distinta.

Ya no quemamos libros.

Simplemente dejamos de abrirlos.

Paradójicamente, nunca había sido tan fácil acceder al conocimiento. Basta un teléfono para consultar bibliotecas enteras. Sin embargo, el exceso de información no siempre produce mayor comprensión. Con frecuencia genera lo contrario: opiniones más rápidas, menos contexto y menos disposición a escuchar.

Y, aun así, existe una buena noticia. Miles de adolescentes siguen encontrando refugio en las novelas. En un mundo dominado por videos de pocos segundos, ellos son capaces de dedicar horas a una historia, seguir personajes complejos, comprender matices y esperar un desenlace. Quizás ahí sobreviva una de las habilidades más importantes para la democracia: la capacidad de ponerse, aunque sea por unas páginas, en el lugar del otro.

Porque una democracia no se sostiene únicamente con elecciones. Se sostiene con ciudadanos capaces de leer más allá de un titular, de escuchar antes de responder, de distinguir un argumento de un insulto y de aceptar que quien piensa distinto no necesariamente es un enemigo.

Si hoy un niño que decide no dar la mano al Presidente provoca un debate nacional y un Presidente considera necesario responderle públicamente, la pregunta no es quién ganó esa discusión. La pregunta es qué tipo de ciudadanos estamos formando.

Tal vez el desafío del futuro ya no sea enseñar a respetar la autoridad o a desconfiar de ella. Tal vez el verdadero desafío sea recuperar la capacidad de conversar antes de reaccionar.

Porque la democracia no necesita ciudadanos que piensen igual.

Necesita ciudadanos capaces de convivir con quienes piensan distinto.