Carla Alegría Vásquez: ¿Para qué hacemos festivales?

Carla Alegría Vásquez: ¿Para qué hacemos festivales?
Carla Alegría Vásquez, cientista política.

"Esto nos lleva a una pregunta incómoda, pero necesaria, a nivel local. ¿Linares necesita un festival si sigue arrastrando deudas estructurales? Linares, además, ya no cumple con la continuidad histórica que ha sostenido el Festival de Viña del Mar durante décadas. Estamos frente a un mecanismo de validación política que prefiere captar aplausos y votos antes que asumir conversaciones difíciles con el Gobierno Regional. ¿Por qué se destinan fondos cerrados, sin posibilidad de modificación, empujando a municipios de la provincia a quedar a merced de la disyuntiva de “tener festival” o quedar fuera? Lo toma o no lo toma. La decisión es clara, pero no necesariamente responsable", indica la cientista política


Por Carla Alegría Vásquez (cientista política)

               Cada verano, en Chile, los festivales reaparecen como si fueran una verdad incuestionable. Se anuncian carteleras, se discuten artistas, se celebra la ocupación hotelera y se mide el éxito en rating. Pero rara vez nos detenemos a hacer la pregunta de fondo: ¿para qué existen nuestros festivales y desde qué lógica se sostienen?

El caso del Festival de Viña del Mar es ilustrativo. Con más de seis décadas de historia, Viña sigue siendo una excepción en el mundo: hay pocos festivales televisados de esta magnitud. El único comparable, por formato y peso simbólico, es el Festival di Sanremo en Italia. Pero la similitud termina ahí.

Sanremo es parte de una política cultural explícita: articula industria musical, lengua, memoria e identidad nacional. Viña, en cambio, opera como una muestra desordenada de espectáculo, desconectada de una estrategia cultural de largo plazo. No es una plataforma real de desarrollo para la música chilena ni para el humor nacional. No existe un circuito previo de festivales de competencia que alimenten Viña durante el año, ni un sistema que vincule a artistas emergentes con procesos formativos, circulación y proyección. Todo se mide en rating.

Y este no es solo un problema de Viña. Es un problema estructural del modelo chileno de festivales.

En la mayoría de los casos, los festivales nacen y se sostienen desde las municipalidades, con financiamiento público limitado, fuerte dependencia del auspicio privado y una evaluación centrada en el impacto turístico inmediato. No son pensados como política cultural, sino como evento: un hito puntual que debe “resultar” rápido y rendir políticamente. En ese escenario, la cultura queda subordinada a la visibilidad y al cálculo electoral.

Aquí es donde la decisión política no ha llegado. Mientras el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio no asuma un rol articulador real —con planificación estratégica, criterios nacionales y financiamiento estructural—, los festivales seguirán siendo escenarios dispersos que responden más a los intereses de la casa edilicia que a una visión país.

Esto nos lleva a una pregunta incómoda, pero necesaria, a nivel local. ¿Linares necesita un festival si sigue arrastrando deudas estructurales? Linares, además, ya no cumple con la continuidad histórica que ha sostenido el Festival de Viña del Mar durante décadas.

Estamos frente a un mecanismo de validación política que prefiere captar aplausos y votos antes que asumir conversaciones difíciles con el Gobierno Regional. ¿Por qué se destinan fondos cerrados, sin posibilidad de modificación, empujando a municipios de la provincia a quedar a merced de la disyuntiva de “tener festival” o quedar fuera? Lo toma o no lo toma.

La decisión es clara, pero no necesariamente responsable.

No se trata de estar contra los festivales. Se trata de preguntarnos qué tipo de festivales queremos y para qué. Si el dinero ya está destinado —por todas las exigencias administrativas que impone el Estado—, ¿por qué no mejorar el modelo?

Hoy, en Chile, los festivales no consolidan industria cultural, no generan procesos, no construyen memoria. Funcionan como vitrinas estacionales, donde la lógica televisiva y el rating definen contenidos, riesgos y silencios.

Algo se intenta, a veces, a través de cuerpos de baile o discursos que funcionan bien como reels desde los propios artistas, pero eso no alcanza para hablar de política cultural.

La comparación con Sanremo deja una lección clara:

● cuando un festival se piensa como política cultural, articula país;

● cuando se piensa como evento turístico, solo ocupa calendario.


Por lo tanto, mientras no exista una planificación cultural seria, sostenida y descentralizada, seguiremos llamando “cultura” a lo que en realidad es espectáculo. Seguiremos usando los escenarios para tapar la falta de decisiones de fondo, mientras las productoras crecen al alero de fondos estatales, haciendo negocios con el Estado y desprestigiando, por detrás, su ejercicio.

Así, resulta fácil exigir modernización y control de la corrupción cuando se ha aprendido a convivir cómodamente con sus vacíos.

Así que la pregunta no es si Chile necesita festivales.
La pregunta es si estamos dispuestos a dejar de usarlos como atajo político y empezar a pensarlos como una inversión cultural real.

(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).